lunes, 19 de septiembre de 2011

Marcela Serrano vuelve


Escribo sobre la mitad menos contada de la humanidad"
En su última novela, la autora vuelve a los orígenes de su inspiración y reivindica el poder curativo de la palabra y el relato.

Horas antes de viajar a Italia, donde su última novela está saliendo al mismo tiempo que en Chile, Marcela Serrano se reconoce de vuelta tras un largo ostracismo: "Sí, hace ocho años tuve una especie de colapso y no fui capaz de seguir con el ritmo de actividad que estaba llevando. Decidí parar, me retiré al campo, dejé de hacer vida social, me repensé, me dediqué a leer y ahora estoy volviendo, pero en forma muy dosificada".

El pasaporte de su regreso es Diez mujeres (Ed. Alfaguara), una novela que recoge los testimonios de nueve chilenas -distinta edad, distinto estrato y distintos mundos- que han sido reunidas por su terapeuta en un refugio campestre. Cada cual cuenta su historia y cada una daría para una novela aparte.

Su novela reitera una idea que está en el origen de su inspiración literaria: la idea de que el verbo cura, de que la palabra tiene propiedades terapéuticas.

Bueno, siempre creí que la terapia y la literatura son grandes aliadas. El terapeuta y el escritor trabajan desde lugares parecidos. Los dos lo hacen con el lenguaje. Los dos buscan una trama. Los dos se plantean su trabajo en función de un desenlace.

Su planteamiento es que para las minorías culturales el lenguaje importa mucho más.

Por cierto. Las mujeres apelan mucho más que los hombres a la palabra. Las mujeres hablan más, entre otras cosas porque tienen que estar dando cuenta de su "femineidad". Históricamente el hombre siempre fue más de acción y la mujer más verbal. Por eso resulta tan contradictorio que sean los hombres los que más escriben. Ahí hay mucha asimetría; también, mucha misoginia.

Podría ser un consuelo que son las mujeres las que leen más novela que los hombres.
Sí, entiendo que es así. Las mujeres leen más y se buscan más en sus lecturas. Por eso las mujeres tienden a leer más a las mujeres. Yo creo que de cada 10 libros que leo seis o siete deben ser de mujeres. Sé que en esto no caben prejuicios ni inflexibilidades de género y precisamente por eso no puedo entender que queden hombres que por definición no leen a mujeres. Eso no tiene ningún sentido. Tengo amigos que no me leen.

¿Y siguen siendo amigos?
Bueno, sí... No sé por qué les aguanto (risas).

Entonces, ¿qué? ¿Son las mujeres víctimas de una conspiración?

No, pero todas las escritoras dicen que tienen la pista más difícil. Es fácil ningunearlas, así se trate de ganadoras del Nobel. Recordemos nomás lo ocurrido en Chile el 2010 con el premio a Isabel Allende.

De un libro cada dos años ha bajado a uno cada seis. ¿Cómo explicar tanta compulsión antes y tanta parsimonia ahora?

La compulsión inicial tiene que ver con mi condición de escritora tardía. Yo creo que cuando me decidí a escribir tenía demasiada narrativa acumulada, por así decirlo. O al menos, demasiadas ganas acumuladas de escribir.

La voracidad narrativa, el deseo de contar historias dentro de otras historias, es un rasgo muy presente en Diez mujeres.

Bueno, sí, lo que yo hago es contar historias. Más que escritora, yo soy una contadora de historias. De historias que tienen que ver con la mitad de la humanidad, pero con la mitad menos contada. Mis aspiraciones son muy modestas. Nunca pretendí expandir los dominios de la literatura o inventar nuevos recursos expresivos. Yo a los 38 años me largué a contar historias, encontré un público que quería leerlas y me parece que esto es un regalo de los dioses. Que después comprobara que pasaban cosas interesantes con mis libros entre las mujeres es un hecho posterior. Eso nunca estuvo en mis cálculos ni aspiraciones.

Cuando escribe, ¿suspende la lectura para evitar interferencias?
La verdad es que no. Yo estoy leyendo siempre y si supiera que mañana no lo voy a poder hacer me deprimiría. En algún momento -pienso- voy a dejar de escribir. Y cuando eso ocurra, voy a poner como profesión en mi pasaporte "lectora". Leer es lejos lo que más me gusta y me hace más feliz.

Al escribir, ¿se siente parte de un todo mayor, sea en la literatura chilena o en otra tradición?
Ayer precisamente leí un discurso de Javier Marías al recibir un premio en Austria. Creo que él es, por lejos, el primer escritor de lengua española. El discurso se titula El escritor aislado y el planteamiento es que somos aislados y que no podemos sentirnos parte de nada. De otro modo, no escribiríamos. Mientras lo leía, me formulé muchas preguntas a mí misma. ¿De qué soy parte yo? Cuando empecé sentí conexiones con la nueva narrativa chilena. A mí ese sentimiento me ayudó mucho. Es más: cuando los historiadores tengan que historiar la transición, yo creo que los libros de Gonzalo Contreras, Alberto Fuguet o los míos les van a poder decir mucho. Yo creo que la nueva narrativa -desde Fontaine a Collyer, desde Ana María del Río a Carlos Franz- sirvió mucho para entender un país que no se entendía a sí mismo. Pero volviendo a la pregunta, hoy me siento muy desligada. No sé qué esté pasando hoy con la literatura chilena. Lo único que me ha interesado en Chile ahora último ha sido Missing, de Alberto Fuguet.

¿Sospecha su proporción de lectoras mujeres?
Yo creo que más del 90%, pero quizás exagero. En México sentía que también me leían los hombres. Acá, en cambio, muy poco.

Descontado el chileno, ¿cuál sería su mercado más fiel?
Creo que Italia, pero no sé explicarlo. Quizás hay alguna relación con lo que yo quiero a ese país. Mi exilio fue italiano. Tal vez esté correlacionado lo que ellos me quieren a mí con lo que yo los quiero a ellos. Pero también me va bien en México y Argentina, que son países donde es difícil entrar.


http://diario.latercera.com/2011/09/17/01/contenido/cultura-entretencion/30-83947-9-escribo-sobre-la-mitad-menos-contada-de-la-humanidad.shtml

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