miércoles, 3 de noviembre de 2010

EN EL DESIERTO NO HAY ATASCOS

Moussa AgAssarid no sabe qué edad tiene, y tampoco conoce realmente de dónde procede. Es un nómada. Pero sabe qué quiere: educación para los niños de África. La metáfora de esa pasión es un libro que lleva consigo a todas partes, El Principito, de Antoine de Saint-Exupèry, que está en el principio de su historia.

Cuando tenía diez o 12 años pasó el París-Dakar por los montes en los que pastaban las camellos, los corderos y las cabras de su padre en algún lugar de Mali. Dos automovilistas le regalaron a Moussa aquel libro legendario, pero el chico no podía leerlo. Convenció a su padre, analfabeto como él, para que le dejara ir a una escuela, en Gao; aprendió a leer y jamás, desde que lo leyó, ha dejado atrás El Principito pequeño príncipe.

La lectura fue fundamental para él, y ahora, que es escritor, y activista a favor de la causa africana, quiere que todo el mundo lea en ese continente. "Es la manera de evitar que nos consideremos inferiores, y es la manera de ganar una vida más digna". Es el único africano que está en esta feria; viene con un nuevo libro suyo, En el desierto no hay atascos, que le ha publicado en España Sirpus y del que se llevan vendidos más de 80.000 ejemplares.

Nació en torno a 1975, un tuareg como sus 13 hermanos, hijo de padres nómadas; aquella lectura del libro de Saint-Exupèry le hizo aún más viajero; se fue a Francia en 1999, y allí se sorprendió de la abundancia que se gasta en un mundo en el que, como en sus pueblos movibles, no hay ni agua ni alimentos.

Su libro anterior, publicado también por Sirpus, es su manifiesto a favor de la educación en África. Se titula Los niños del desierto y en él cuenta su lucha para crear escuelas para los nómadas como él. Para conseguir ese propósito han conseguido, él y su hermano Ibrahim, el apoyo de la familia del piloto que escribió El Principito, cuya sombra benéfica alienta desde al menos 20 años la ilusión de Moussa de aliviar el desierto en el que nació de la miseria en la que ha vivido siempre.

No es un idealista, ni un demagogo. Es el único africano en la feria del libro de Guadalajara. Va por estos pasillos con su traje azul de tuareg; especialmente amable y exquisito. Viene de un mundo "en el que mi padre cambia una cabra por un saco de arroz" y aquí, como en Francia, observa al hombre comprando y vendiendo, "saliendo de su ser". En el desierto, dice, "el hombre está en relación con el ser", y aquí el hombre está en relación "con las cosas materiales". En ese ir y venir en el que está ahora (entre algún lugar de Mali, donde a veces tiene que buscar durante días a su padre nómada, y Francia) "busco el punto de equilibrio, y lo logro gracias al recuerdo que tengo de la vida sencilla en mi infancia".

Su padre le decía "que lo que tenemos en las manos a lo mejor desaparece. Pero lo que tenemos en la mente y en el corazón no desaparecerá nunca". Leer sirve para conservar lo que nos dice la mente, "y en el caso de los africanos educarse sirve para trabajar mejor, para usar mejor los medios, y para no dejarse llevar por el victimismo". Los que tienen sed, hambre e ignorancia, "por más que tengan medios para cultivar el campo, si no tienen educación jamás podrán avanzar".

Extraido de: EL PAIS

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